Al terminar nuestro turno de guardia en la base, se nos convocó para explicarnos la misión. Teníamos que extraer a un científico ruso de la base lunar soviética para impedir que los nazis se quedaran con él. Lo complicado era que no podíamos dejar pistas, o dejar las menos posibles. Tenía que ser una misión limpia. Mi equipo estaba listo a la hora fijada. Y todos estábamos ansiosos. En total éramos cinco: la piloto del mecha, el informático, el tirador, el médico y yo. Confío en ellos tanto como ellos confían en mí. Y eso, después de varias patrullas en la gravedad de la luna es mucho.
